Adicto a los consejos

Hace años cuando empezaba mi particular itinerario de crecimiento personal, me llamó la atención la siguiente frase de Goethe (filósofo, escritor y científico alemán): “Lo mejor que puedes hacer por los demás no es enseñarles tus riquezas, sino hacerles ver las suyas propias”. Esta frase me gustó, pero el impacto no fue inicialmente más que a nivel de “una frase bonita que queda guardada en algún lugar de mi memoria”. Posteriormente, en un curso al que yo asistía como alumno, se comentó la “tendencia natural del ser humano a dar consejos”, aunque nadie nos lo haya pedido antes; allí si me vi “retratado”, yo era uno de esos. Más tarde, reflexionando acerca de mi relación con el “regalar” consejos que nadie me pedía, me vino a la cabeza la frase de Goethe, pero esta vez, para establecer una relación entre esa frase y mi manera de relacionarme con compañeros y amigos. Me di cuenta que yo hacía más bien lo contrario, que lo que Goethe con la frase sugería o “aconsejaba”.

Haciendo autocrítica, mi adicción al consejo tenía más a ver con satisfacer mi ego, o “mostrar mis riquezas” que en ayudar al otro. Después de asumir esta situación, tampoco es que me hiciera el “harakiri” pues a veces, el consejo me lo pedían, y en esa época, no estaba de moda el coaching o yo al menos, ignoraba esta disciplina, ni tampoco tenía mucha conciencia de ese hábito o costumbre.

Actualmente pienso que aconsejar a alguien (excepto, consejos técnicos como los que nos puede dar un especialista en alguna materia, médico, mecánico, etc…) no es adecuado, aunque te lo pidan.

Yo actualmente, prefiero guardar prudencia antes de aconsejar y desde luego, ya no “regalo” consejos que nadie me pidió. Algunas de las interpretaciones que me han ayudado a incorporar este hábito son:

  • Cuando alguien me cuenta un problema, no me está pidiendo un consejo, quizá lo único que quiere es ser escuchado (que ya es un reto de por sí).
  • Que las personas compartan conmigo sus problemas no quiere decir que yo deba solucionar “sus problemas”.
  • Aconsejar a alguien es ponerse “por encima de esa persona”, algo así como “incapacitarla”, y esto es algo que a mí no me gusta que me hagan. De hecho, me fastidia bastante que me digan “lo que tengo que hacer”.
  • Hay que tener en cuenta que si el consejo que damos es adecuado para esa persona, podríamos generar “dependencia” (algo que a mí no me interesa y a esa persona menos) y que esa persona vuelva a nosotros, antes de tomar una nueva decisión. En cambio si nuestro consejo es inadecuado para nuestro interlocutor, posiblemente consigamos un resentido o nos ganemos algún reproche o enemistad.
  • Aconsejar para evitar que esa persona “se equivoque” es negarle quizá un aprendizaje. Errar es aprender y aprender es crecer, por tanto, una vez hechas algunas preguntas para que esa persona valore pros y contras, será ella la que decida.
  • Gestionar la tentación de responder cuando nos sorprenden con el ¿y tú qué harías en mi caso?, pues ni yo soy él/ella, ni la situación sería la misma, por lo tanto, mejor declinar responder.

A día de hoy, me siento satisfecho de mí mismo a este respecto de limitar “el consejero que llevo dentro”, circunscribiendo (siempre que puedo) mis consejos a dominios técnicos que considero que domino.

Por último, ¿qué podemos hacer cuándo alguien nos pide consejo? Pues sencillamente hacerle preguntas como: ¿qué piensas hacer al respecto?, ¿qué opciones tienes? ¿has analizado pros y contras? ¿qué es lo que más te preocupa?, ¿cómo vas a resolver esta situación?, ¿quién puede ayudarte?, ¿qué recursos o información puede faltarte? Etc…

Con esta actitud, creo que “honro” de alguna forma la bonita frase de Goethe…y facilito que esa persone reflexione acerca de su problema o decisión y que se haga “responsable” de su vida “eligiendo” su destino.

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