Competencias adicionales del directivo del siglo XXI

La vida laboral ha sufrido en todos los sectores enormes modificaciones en los últimos años. No obstante, en este artículo quiero referirme particularmente al colectivo de Directivo del siglo XXI que trabajan en el entorno de la empresa multinacional.

Un aspecto que hay que tener en cuenta es la fuerte irrupción de las nuevas tecnologías y la dedicación de tiempo que estas requieren; me refiero a la gestión del e-mail (tarea que consume una considerable parte de tiempo debido a la gran cantidad de correos que se reciben), Skype, Videoconferencias (que facilitan no tener que viajar tanto), o Internet en el móvil, Twitter, Whatsapp y otros que nos mantienen “informados” y también “entretenidos”, etc.

Estas tecnologías aportan una serie de ventajas evidentes pero también depende de cómo se gestionen “infoxican” (exceso de información) y es difícil ser productivo en la jornada laboral cuando se tiene que atender decenas de temas, asistir a varias reuniones por día y, además, convivir con este entorno tecnológico que facilita estar “conectados” los 7 días a la semana durante largas horas.

Otro aspecto que también ha cambiado radicalmente es la forma de trabajar, mucho más global y multicultural, unido a la cada vez más abrumadora necesidad de tomar decisiones (sobre todo en estos tiempos de crisis) y también la velocidad a la que el mercado, la competencia, y el cliente “se mueven”. Ello implica decidir muchas cosas, a veces muy rápido y tomando ciertos riesgos que conllevan alta incertidumbre.

El siglo XX permitía “poner decisiones en el congelador y madurarlas” e incluso se podía recurrir a personas “sabias” y de gran experiencia (por ejemplo un Mentor o algún gurú del sector) para pedir consejo. Hoy, en muchos casos, ya no podemos permitirnos esto, pues esa dilatada reflexión puede ser una pérdida de oportunidad si nuestra competencia se decide antes que nosotros; por otro lado de los “sabios” actuales, algunos están “descolocados” y otros, más inteligentes y flexibles, están “desaprendiendo”, pues “las reglas del juego” han cambiado y “la experiencia del pasado” ha perdido valor y con ellos sus aportaciones y su rol.

En resumen, el siglo XXI nos va marcando un camino que dibuja a un Directivo global, multicultural, con amplio dominio tecnológico, con gran implicación profesional, altamente resolutivo en sus enfoques y en su toma de decisiones y con buena capacidad relacional pues su día transcurre, durante gran parte, reunido o hablando por teléfono o mail con un elevado número de pares, colaboradores, clientes, proveedores y, cómo no, con su “jefe o jefes”, depende del caso.

Los directivos del siglo XXI, que quieran ser más efectivos (eficaces + eficientes) tendrán que tener algunas competencias o habilidades que hace algunos años no eran tan necesarias o capitales. Para que este artículo, no se convierta en un libro, me permito elegir solo algunas de las muchas habilidades que actualmente son prácticamente indispensables en un Directivo con “alto rendimiento”:

  • Proactividad. Ya no sirve solo “estar en mejora continua”, eso lo damos por hecho. Aparte de esto, hay que ser altamente proactivo, o sea, adelantarnos a “oportunidades o amenazas” invirtiendo tiempo en diseñar futuro, algo imposible si uno se pasa el día “apagando fuegos” y gestionando solo el “corto plazo” prácticamente en “modo supervivencia”.

    Consejo rápido: menos “dar hachazos” y más “afilar el hacha”. O sea, tener visión y misión clara, objetivos perfectamente definidos entre “ceja y ceja”, planificar mejor, delegar efectivamente, simplificar procesos, focalizarse en lo estratégico para que el día a día operativo no le canibalice. En definitiva tener claridad en su rol, saber dónde aporta valor, gestionar su tiempo de forma certera y practicar el “benchmarking” de su sector y de otros para avanzar más rápido que la competencia.

  • Auto-gestión emocional. Ante la gran cantidad de toma de decisiones, algunas de ellas prácticamente “sobre la marcha”, decidiendo lo mejor posible a cada instante con breves pero certeros análisis, el directivo actual necesita una magnífica gestión emocional y ello implica dominar muchas variables. Esto solo se consigue con un “cerebro bien entrenado”, por ejemplo, para “regularse emocionalmente” alineando “emoción a tarea”, es decir, que sepa encontrar la emoción adecuada para el máximo rendimiento en cada actividad, ya sea escuchar a un colaborador, que tiene un problema personal, afrontar una negociación dura con un par, cliente o proveedor, o realizar una presentación frente a un gran grupo de interlocutores y conseguir impactar en ellos. Por último, es importante saber “desconectar” y “relativizar”, o sea, aprender a “tomar distancia” de sus obligaciones profesionales, ya sea dentro de la jornada laboral o, por ejemplo, cuando llega a casa. Es importante, en este caso, realizar una adecuada “descompresión” que proteja a su familia o seres queridos de emociones negativas que no deberían “exportarse” de la dinámica laboral.

    Consejo rápido: es recomendable hacer ejercicios de meditación que nos permitan “focalizarnos” y “mantener” ese foco de concentración cuando trabajamos, por ejemplo cuando revisamos documentación, analizamos variables o realizamos preguntas clave a nuestro interlocutor. También es muy recomendable practicar y dominar ejercicios de “centrado” (plena conciencia o mindfulness) que nos aporten “estar presentes” y eviten que “vaguemos” con el “piloto automático” (disminución de la conciencia y de la productividad) más tiempo del permitido.

  • Capacidad resiliente. Para no dejarse “arrastrar” por la enorme presión del mercado, sabiendo nadar en un mar de incertidumbre o adversidad sin ahogarse y pudiendo conciliar el sueño por la noche. Eso implica no sólo “persistir” en nuestro objetivo, a pesar de las dificultades, sino “crecerse” frente a ellas.

    Consejo rápido: trabajar técnicas para generar estados de ánimo positivos. “Entrenar” nuestro discurso optimista, dominar ejercicios de respiración y atender con frecuencia a nuestra corporalidad (magnífico indicador para verificar cómo nos sentimos). Este apartado, requiere alcanzar cierta maestría en el anterior (auto-gestión emocional).

  • Atreverse a fallar. Evitar que cada error golpee su autoestima, siendo capaz de equivocarse “rápido y barato” para obtener cuanto antes un aprendizaje y también un método con el que recrear nuevos éxitos.

    Consejo rápido: aprender a “separar sus acciones de su identidad”. Quien eres tú, no puede “desmoronarse” cada vez que cometas un error pues sino, no aprenderás nada. Hoy ya no podemos estar en “nuestra zona de confort” y pretender conseguir los resultados. Busca el aprendizaje que conlleva cada error y evoluciona: “errar es aprender y aprender es crecer”. El fracaso conlleva éxito y el éxito conlleva fracaso. Hay que “enterrar” al perfeccionista que uno puede llevar dentro.

  • Mejorar su auto cocimiento. Hacer especial énfasis en aquellas fortalezas que tiene, buscando espacios para “honrarlas”, o sea, identificar dónde podemos explotar aún más muestras fortalezas (buscar oportunidades) para beneficio nuestro y de muestra empresa. Buscar incesantemente nuestros talentos que aún no han emergido (esto se hace asumiendo nuevos retos y haciendo cosas nuevas o diferentes), y encontrar nuestro “valor distintivo”, o sea, eso que me hace “distinto de los demás o de mi competencia”, porque, o no lo tienen, o no tienen tanto de ello como tengo yo.

    Consejo rápido: pasar un feedback 360 y, si no es posible, pedir feedback al entorno de amistades o profesional. También puede servir un DAFO sobre nosotros, realizando un potente autoanálisis e identificando qué habilidades o competencias hemos usado en nuestros éxitos. En definitiva, descubrir qué nos ha faltado o qué tenemos menos desarrollado, para seguir evolucionando y obviamente realizar un plan de acción.

  • “Resetearnos” y desaprender. Aumentar el análisis autocrítico de sus actos para permitirle entender y reajustar los motivos que le han llevado a cometer determinados comportamientos ineficaces o inadecuados. Reducir “espacios de ceguera” entendiendo el “para qué” hemos hecho determinado comportamiento y su impacto en los demás. Por otro lado, saber identificar y cambiar sus creencias cuando “estas ya no sirven”, teniendo habilidad para “desaprender” (desechar creencias o atavismos que ya no nos sirven o que nos limitan).

    Consejo rápido: búscate un coach o cómprate un libro de “autocoaching” y tómate muy en serio a ti mismo sumergiéndote en tu mundo interior.

Me consta que muchos de los “consejos rápidos” que he comentado, pueden tener cierta dificultad para implementarlos y que sin la ayuda de un coach, puede ser complejo llevarlos a cabo. Por otro lado, comentar que las “necesidades” o habilidades que he sugerido en este artículo, proceden de los diferentes procesos de coaching que he realizado en los últimos años. Seguro que puedan faltar más comportamientos o habilidades clave, pero me ha parecido que si no están todas las que son, al menos, las que están, lo son.

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