De la auto exigencia a la excelencia

Producto de mi trabajo como coach, cada año empiezo procesos con clientes donde aparece por un sitio u otro la auto exigencia. Este concepto no me es extraño, pues yo mismo lo he vivido/sufrido durante años, y a veces, a día de hoy, me visita de nuevo, ya sea con mi relación con el trabajo, con las relaciones interpersonales, con mantener la línea, o con cualquier otro aspecto.

Pienso que la elevada auto exigencia tiene que ver con patrones adquiridos familiares y sociales (normalmente en la infancia), y con la confusión entre “lo que hago” con “lo que soy”. Esta auto presión a la que se somete el autoexigente, buscando ansiosamente la aprobación interna (propia) y también la externa, acaba anteponiendo casi todo, a los muchos y variados objetivos establecidos.

La palabra “exigir” ya suena un poco fea, y ponerle al “auto” delante, aún más, pues pienso que es difícil ser autoexigente contigo mismo y no serlo con tu entorno. El precio que a mí me ha generado la auto exigencia probándome constantemente, y viviendo laboralmente un tanto al límite, ha sido alto, pues me ha generado estrés, conflictos y frustración.

Considero que en el actual mundo competitivo, no podemos quedarnos “hibernando”, mientras “el mundo” cambia; no pretendo dar un mensaje de este tipo. Entiendo que tenemos que estar un tanto, “hambrientos” de logro, “curiosos” para abrirnos a otras experiencias y “enfocados” en nuestras prioridades; no obstante, considero que en nuestro “hacer” podemos “regularnos” para conseguir prácticamente los mismos resultados, con menos desgaste y con mayor bienestar y felicidad.

Para mí, la frase “la auto exigencia es incompatible con la excelencia”, más allá de todas las interpretaciones que esta frase pueda suscitar, me sirvió para hacer un “clic”.

“La excelencia, no es producto de las circunstancias, sino una decisión consciente”
Jim Collins (conferenciante y escritor norteamericano)

Yo que entonces me reconocía con abundantes “tics” de auto exigencia (multitud de retos en paralelo, intolerancia al error, jornadas laborales maratonianas, ego insaciable etc…), empecé a tener presente, que podía ser en mi mundo “exigencia” y como podía convertirla en “excelencia”, algo que me inquietó, pues era asumir otro “nuevo reto”, en una agenda ya de por sí un tanto “desbordada”.

“Somos lo que hacemos repetidamente, por lo tanto la excelencia no es un acto, sino un hábito”
Aristóteles (filósofo griego)

El proceso que empecé hace ya algunos años y que aún sigo mejorando fue el siguiente:

  1. Identificar cuáles son las principales interpretaciones que alimentan estos comportamientos de auto exigencia y apuntarlas en un papel; acto seguido, reformularlos para convertirlos en algo más ecológico, por ejemplo: “tengo que demostrar que soy un gran profesional” (que me generaba presión y obligación) lo cambié por “me apetece mostrar mis conocimientos y mis experiencias”.
  2. Entrenarme en tener “una mirada apreciativa” conmigo mismo y con todo lo que hacía (algo que me ayudó, de paso a aceptarme). O sea, centrarme más en “apreciar” mis habilidades y disfrutar de las cosas que he hecho bien, que obsesionarme por mis defectos, por lo que me faltaba por hacer o por lo que no había hecho “perfecto”. Importante, incluir en este punto una mejor tolerancia al error; algo clave fue separar “mis acciones de mi identidad” (no confundir mi Ser, con mi Hacer) y aprender a “relativizar” las cosas analizando estas desde una emoción más neutra y ante una hoja en blanco. Esta separación de “acciones e identidad” implica no entrar a juzgar y revisar qué tipo de ser humano soy, por haber cometido un error o por no haber conseguido determinado resultado. Lo que ha fallado, ha sido la acción, no la persona. Por tanto, a incorporar el aprendizaje, y sobre todo, aplicarlo a futuro para no repetir el mismo resultado.
  3. Priorizar y elegir: aquí se trataba de revisar qué objetivos, proyectos o sencillamente hábitos eran susceptibles para revisar, abandonar o diferir “para otro momento” que me facilitaran tiempo y energía, para dedicarlo a lo que realmente yo quería enfocarme.
  4. Reducir estándares: en este apartado revisé algunos de mis estándares de realización de tareas, desde el redactado de un simple mail, hasta la preparación de un curso. Simplifiqué algunos procesos, me asigné tiempos de ejecución para cada cosa pues no los tenía, algo que afectaba enormemente mi productividad. Lo más gratificante y paradójico de todo, es que a pesar de reducir mis estándares de forma significativa, ningún cliente se quejó. Quizá ese plus de auto exigencia que yo albergaba, tenía más que ver conmigo que con una calidad especial que consiguiera.
  5. Crear espacios de regeneración anti-estrés: aquí busqué espacios que me permitieran generar emociones positivas, tomar distancia del trabajo y recargar las baterías sin tener que ser un esclavo de las vacaciones o de los fines de semana para estos menesteres. Este espacio, a lo largo de los meses, albergó, recuperar un hobbie abandonado, y practicar un nuevo deporte.
  6. Crear nuevos espacios para “escucharme”, por ejemplo practicando la meditación, en donde reflexione acerca de cómo me relaciono conmigo mismo y de qué forma puedo respetarme más y marcarme límites a mí mismo, reaccionando con rapidez cuando estoy cayendo en las redes de la auto-exigencia.

Sinceramente, hice y hago más cosas en este proceso “de la auto exigencia a la excelencia”, no obstante, si este tema es nuevo para ti, pienso que si quieres trabajar la auto exigencia, ya puedes empezar tu propio plan de acción, suerte!

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